Ha pasado más de un día y aún tengo la piel de gallina. El sábado por la noche teníamos que preparar una sorpresa a una buena amiga, llegamos tarde, como siempre, y al entrar el sorprendido fui yo. Desde lejos me pareció reconocer a dos amigas de Madrid a las que apenas veo una vez al año, se lo habían callado y no habían dicho a casi nadie que venían, menuda ilusión.
Era sábado noche y el mismo domingo se volvían a casa, no les resultó muy difícil convencerme para acabar perdidos en un pequeño antro hasta que cerraron y las luces nos invitaron amablemente a salir de allí. Perdí el domingo de estudio que me había sido adjudicado, comimos juntos y pasamos lo poco de tarde que les quedaba.
Se hizo tarde, eran casi las 7 y tocaba decir eso que no gusta a nadie: "adiós, ¡nos vemos pronto!". Una vez dados todos los besos y abrazos de despedida volvía a casa, tenía que acabar de mirar todo lo del último exámen pero a medio camino decidí que no iba a hacer nada de provecho, el exámen se podía ir a la mierda, me planté por sorpresa en el bar donde sabía que iban a estar. Ahora la sorpresa la daba yo.
Lo malo del asunto fue que al final la despedida fue dos veces, y ese gusto amargo me deprimió por partida doble...

Al menos este exámen era el último, me alegro de volver a tener tiempo que perder...